AMOR

Hay palabras que la mayoría de la gente teme pronunciar por un exceso de rubor. Tal vez se deba a la extraordinaria carga emocional que encierra su significado. O a la desnudez inmediata que provocan en quien se atreve a pronunciarlas. Incluso puede que se sientan intimidados por su sonora belleza. Palabras como la palabra amor. Pero, cómo expresar la pasión por algo a lo que te sientes tan permanentemente unido. Cómo verbalizar el afecto profundo, el fervor y la devoción absoluta hacia la naturaleza si no es con la palabra amor.

Yo me considero, como el resto de seres humanos que vivimos rabiosamente ligados a este maravilloso planeta, un amante de la naturaleza y no sé expresar con ninguna otra palabra mi vinculación hacia ella. Después del amor viene el resto: la vocación de observarla, el compromiso de defenderla o la necesidad de estar en ella. Pero todo eso surge por amor a la naturaleza. Incluso la primera de las condiciones de mi propio ser, la de estar vivo, viene precedida de mi condición de amante de la naturaleza. 

No me cabe ninguna duda de que, al dejar de existir, en el preciso instante en el que exhalé mi último aliento, cada una de las moléculas que resten de lo que fui seguirán velando por ella ya que, como escribió Quevedo:

su cuerpo dejará, mas no su cuidado;/Serán ceniza, más tendrán sentido. /Polvo serán, más polvo enamorado”. 

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